Geografías posthumanas en Patagonia-Aysén. Ensamblajes, umbrales e intersecciones entre animal humano


Andrés Núñez González

Pontificia Universidad Católica de Chile, Instituto de Geografía. Santiago, Chile.
ORCID 0000-0002-1661-845X

Santiago Urrutia Reveco

Universidad de Buenos Aires, Instituto de Geografía “Romualdo Ardissone”. Buenos Aires, Argentina.
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. Buenos Aires, Argentina.
ORCID 0000-0002-9208-4496

Matthew C. Benwell

Universidad de Newcastle, Escuela de Geografía, Política y Sociología. Reino Unido.
ORCID 0000-0002-1336-751X

Recibido: 29 de marzo de 2023. Aceptado: 12 de septiembre de 2023.

Resumen

En el presente trabajo se abordan los procesos de desterritorialización y reterritorialización de los agenciamientos humanos-no humanos en Patagonia-Aysén, ubicada en la zona austral de Chile. A partir de su nueva posición como área de conservación, nos centramos en los mecanismos de subjetivación que han producido y producen en la actualidad lo que acá llamaremos fronterizo y ambiental. Nos interesa, por un lado, mostrar los vínculos entre las distintas agencias (públicas-privadas, humanas-no humanas, materiales y discursivas) que participan en estos procesos y, por otro, visibilizar el papel que juega en ellos la dinámica de un capitalismo devenido verde. Desde una perspectiva crítica, afirmamos que los sujetos (fronterizo o ambiental) no se refieren únicamente a una categoría o entidad social, sino a un ensamblaje posthumano que está siendo constantemente atravesado por dinámicas políticas, económicas y culturales, y que, de este modo, se encuentra estrechamente ligado a los procesos de movilidad y producción del espacio en la región austral.

Palabras clave: GEOGRAFÍAS POSTHUMANAS. ANIMAL. CAPITAL. ENSAMBLAJES. PATAGONIA-AYSÉN.

Posthuman Geographies in Patagonia-Aysén: Assemblages, Thresholds, and Intersections between Animal and Human

Abstract

This paper addresses the processes of deterritorialization and reterritorialization of human/non-human assemblages in Patagonia-Aysén, located in the south of Chile. Using the region’s new position as an area of conservation as our point of departure, we focus on mechanisms of subjectivation that have produced and currently produce what we will call in this paper the border and the environmental. We are interested, on the one hand, in showing the links between the different agencies (public-private, human-non-human, material and discursive) that participate in these processes and, on the other, in making visible the role that the dynamics of an evolving green capitalism play in them. From a critical perspective, we show, therefore, that the subjects (the border or the environmental) do not only refer to a category or social entity, but to a post-human assemblage (human-animal-thing) that is constantly being traversed by political, economic and social dynamics that are, in turn, closely associated with processes of mobility of value and meaning and the production of space in the southern regions of Chile. 

Keywords: POSTHUMAN GEOGRAPHIES, ANIMAL, CAPITAL, ASSEMBLAGES, PATAGONIA-AYSÉN.

Palavras-chave: GEOGRAFIAS PÓS-HUMANAS, ANIMAL, CAPITAL, DESEJO, PATAGONIA-AYSÉN.

Las penas y las vaquitas
se van por la misma senda.
Las penas son de nosotros.
las vaquitas son ajenas
Atahualpa Yupanqui, “El arriero va”

Introducción1

La mayoría de las descripciones espacio-temporales de Patagonia-Aysén han insistido en la imagen de un territorio de conquista, un área siempre difícil, distante, a veces extraña, esquiva a la civilización, pero repleta de personajes heroicos que han podido poblarla y domesticarla. Así, se ha construido una narrativa donde la humanidad ha sido la protagonista de enmendar lo que se consideró una excesiva naturaleza. En efecto, durante gran parte del siglo XX, Patagonia-Aysén estuvo asociada a un territorio que había que someter por considerarse desprovisto de humanos y sobrepoblado por una naturaleza carente de orden. En tal trayectoria y basándose en una forma particular en la que se fue ensamblando lo humano con lo no humano, que detallaremos más adelante, comienza a delinearse un tipo de subjetivación que aquí llamaremos sujeto fronterizo, y que estaría encargado de llevar adelante el proceso de ocupación y racionalización del espacio. Sin embargo, como veremos a lo largo de este trabajo, en el marco de nuevas dinámicas políticas, económicas y culturales, hacia 1990 e inicios del siglo XXI, las relaciones humanas-no humanas han ido mutando en renovados agenciamientos que se distribuirán de modo muy diferente, dando consistencia así a una nueva estabilidad identitaria que nombraremos sujeto ambiental. Cabe mencionar que, desde la perspectiva de este trabajo, el sujeto ya no será lo humano ni el objeto la naturaleza. El sujeto será la tierra en sí misma, es decir, la red de relaciones que la van configurando-produciendo, de modo que ciertos cuerpos aparecen como útiles y necesarios para ciertos ensamblajes y no para otros. Esa utilidad o necesidad es el proceso de subjetivación o, también podríamos decirlo así, la formación de una cultura y, por ende, de un modo de sujeción. En consecuencia, sujeto fronterizo y sujeto ambiental no remiten a “humanos”, sino a las territorializaciones y desterritorializaciones que suponen nuevos agenciamientos y desde allí a la producción de nuevos valores y sentidos.

Aquel nuevo acoplamiento ambiental humano-no humano, si bien comparte con el anterior fronterizo la matriz moderna antropocéntrica, es decir, ambos siguen instalando a lo humano en el centro de toda organización terrestre, proyectará una nueva valorización de las especies y una nueva articulación entre las mismas que será respaldada en otros discursos y regulaciones, así como en renovadas prácticas sociales que expresarán, en el fondo, otro contexto económico y cultural. Como nos interesa mostrar, la producción capitalista del espacio de esta zona no es ajena a la conformación de dichos ensamblajes, sino que, por el contrario, colabora activamente en realizarlos y estabilizarlos. Así, como veremos más adelante, hacia fines del siglo XX la vaca o la oveja perderán protagonismo y el puma, otrora en una posición de animal depredador, deviene figura central del nuevo paradigma conservacionista que impregna las políticas públicas, las prácticas económicas e imaginarios de Patagonia-Aysén en la actualidad. Por su parte, el bosque o monte, antes considerado una mala hierba u obstáculo para el progreso, se tornará en bosque sagrado, es decir, una excepcionalidad desde donde se proyecta el nuevo modelo y discurso del desarrollo para la austral región (Núñez et al., 2017).

En este marco, nos interesa identificar algunas de las dinámicas que subyacen a estos procesos de desterritorialización y reterritorialización de intersecciones humanas-no humanas en Patagonia-Aysén durante el siglo XX y lo que va del XXI. Para ello, nos centraremos principalmente en la localidad de Cochrane, ubicada en la región de Aysén (Patagonia chilena), puesto que allí tradicionalmente el vínculo humano-no humano estuvo marcado por la actividad ganadera que, debido a las características biofísicas de la zona, dependió del rozado (quemado) de grandes extensiones de bosque para abrir y limpiar el campo. Sin embargo, en el contexto de la crisis climática contemporánea y al amparo tanto de la institucionalidad pública (des-regulación del suelo, estrategias de desarrollo local, discursos y políticas públicas que tienden a aunar la privatización con la conservación de la naturaleza) y la acción privada (inversionistas, inmobiliarias y fundaciones con etiqueta ambientalista), este cuadro ha ido cambiando y la posición de animales, bosques y humanos ha sido rearticulada en la línea de una producción capitalista del espacio, aunque, como expresamos, esta vez, en clave conservacionista y sustentable. Creemos que esta nueva distribución de las especies y relaciones humanas-no humanas da cuenta, en el fondo, de una reconfiguración biopolítica que acompaña el pasaje de una economía fundamentalmente ganadera y de subsistencia a una cada vez más rentable y globalizada, bajo un paradigma económico que fomenta diversas prácticas como el eco-turismo, eco-corretaje, eco-parcelaciones en Aysén. En otros trabajos hemos halbado para ello de eco-extractivismo. En el fondo, aquello implica “el despliegue de un proceso de control capitalista que ve ‘en lo verde’ una oportunidad de negocio” (Núñez et al., 2022).

Sobre la base de lo anterior, interesa aproximarnos a esta nueva configuración desde un materialismo relacional de base deleuzeana, cercano a lo que plantea Bennett a propósito de la idea de “enjambre”:

La agencia distributiva no plantea al sujeto como la causa fundamental de un efecto. En lugar de ello, lo que hay siempre es un enjambre de vitalidades en juego. La tarea pasa a ser identificar los contornos del enjambre y el tipo de relaciones que se producen entre sus partes. (Bennett, 2022:86)

Es decir, junto con la crítica a la economía política del espacio capitalista, nos parece importante descentrar la posición privilegiada de un humano como único productor o administrador de vida, insistiendo en la idea de que no habría sujeto como centro del proceso de producción, puesto que el sujeto mismo siempre surge de los bordes de las máquinas llamadas humanas (Deleuze y Guattari, 2017). Proponemos, por tanto, que para comprender lo que acá llamamos sujeto fronterizo y sujeto ambiental resulta indispensable revisitar la relación humana-no humana para no antropomorfizar las existencias ni sus análisis, junto con comprender el rol del capital en la distribución identitaria de humanos y no humanos. En otras palabras, tratamos de aportar con una perspectiva crítica y a la vez constructiva en torno a la posibilidad de componer otros mundos que, más allá de las formas despolitizadas de abordar la crisis climática, considere, por un lado, la artificialidad de la separación entre sociedad y naturaleza y, por otro lado, contribuya a visualizar el rol que juega el capital en estos procesos (Swyngedouw, 2021; Núñez, 2021).

Este escrito es el resultado de una investigación efectuada en tres trabajos de campo en la región de Aysén (Patagonia chilena) entre los años 2019 y 2022, y de uno más específico en la comuna de Cochrane, ya que, como mencionamos más arriba, representa una zona donde los procesos anteriormente descriptos (sobre todo en la relación humano-animal no humano) se han hecho particularmente evidentes. En dichos trabajos se realizaron entrevistas a distintos actores relevantes para comprender el fenómeno, tales como empresarios dedicados al negocio inmobiliario “verde”, la conservación y el eco-turismo, así como a líderes de ONG, fundaciones u otros grupos de poder asociados a actividades vinculadas a la conservación, la sustentabilidad y el negocio ambiental.23 A partir de estas entrevistas, complementadas con notas de observación de campo y la experiencia de conocer en el terreno las relaciones humanas-no humanas en cuestión, se ha abordado el propósito de identificar los procesos de desterritorialización y reterritorialización de ensamblajes humanos-no humanos en Patagonia-Aysén y algunas de las dinámicas que los subyacen durante el siglo XX y lo que va del XXI.

Hacia una geografía sin jerarquías: des-antropomorfizar personas, animales y cosas

Salvo algunas notables e inspiradoras excepciones, la ciencia o el saber de la modernidad ha sido un discurso fundamentalmente antropocéntrico, es decir, ha posicionado a lo humano como centro privilegiado de observación (Carman, 2017; Haraway, 2019; Despret, 2022). Incluso cuando se refiere a otros vivientes o no vivientes lo hace desde el punto de vista de la utilidad o los prejuicios que representa para las actividades humanas. Por ejemplo, como dice Despret (2022), Darwin elaboró la tesis de la competencia y selección desde los animales, pero apuntando a explicar (y legitimar) determinados comportamientos humanos como la competencia. Así, “la soberanía del conocimiento” (Deleuze y Guattari, 2015:367) ha quedado celosamente restringida a un humano que ha reproducido “el reflejo narcisista del lenguaje y el pensamiento humanos” (Bennett, 2022:22). En otras palabras, los animales, lo mismo que lo que se considera naturaleza, son instalados en marcos de enunciación o “redes conceptuales” humanas con lo que la ciencia refuerza la bipolaridad moderna de una cultura que piensa una naturaleza supuestamente separada y autónoma, también en muchos casos llamada muerta. Sin embargo, como subraya Despret, tal vez “otras descripciones son posibles” (2022:44).

En ese sentido, estimamos que un soporte crucial para avanzar en la búsqueda de otras descripciones y comprensiones sería visualizar, tal como plantea Bennett, a “lo humano” como un producto y productor de “múltiples técnicas micropolíticas y macropolíticas” a través de las cuales es “disciplinado, normalizado, acelerado y desacelerado, dotado de un género, sexuado, nacionalizado, globalizado, descartado o, por lo demás, producido” (2022:33). Así, como veremos a lo largo de este trabajo, la producción de lo que aquí llamamos sujeto fronterizo y sujeto ambiental no puede entenderse desde una perspectiva que restringa la subjetivación a la actividad individual ni tampoco a las relaciones puramente humanas, sino fundamentalmente a un complejo proceso donde, estimamos, se vinculan de manera particular diversas trayectorias colectivas, humanas y no humanas, junto con la dinámica cambiante del capital. Por lo mismo, sujeto aquí es a su vez despliegue de un renovado modo de comprensión, más cerca de las intersecciones interespecie que de mundos opuestos del estilo sujeto-objeto o humano-animal.4

El despliegue y visibilización de otras corrientes de pensamiento (por ejemplo, posthumanismo, nuevos realismos, perspectivismo, neomaterialismo, entre otros) ha venido a resquebrajar (o al menos poner en paréntesis) la supuesta excepcionalidad del ser humano sobre otros seres, y a otorgar un nuevo lugar y estatus a las diversas existencias que componen el mundo (Benwell et al., 2021; Souriau, 2017; Lapoujade, 2018; Coccia, 2021; Carvalho y Steil, 2018). Ante el modo de distribución occidental y moderno hegemónico, se vienen postulando otros tipos de ontologías (relacionales, planas, orientadas a los objetos, entre otras) donde lo humano y lo no humano adquieren otras relaciones, posiciones y significaciones. Desde una perspectiva deleuzeana, David Lapoujade insiste, por ejemplo, en la “incompletitud” de toda existencia en tanto “cada existencia puede devenir una incitación, una sugestión o el germen de otra cosa, el fragmento de otra realidad futura”. Lo que caracterizaría a todo ser sería, por tanto, su apertura respecto de las “potencialidades” de otros seres, con lo cual se pasaría “de un mundo estático donde los modos de existencia son descritos por sí mismos a un mundo dinámico donde de ahora en más lo que importa son las transformaciones, los aumentos o disminuciones” (Lapoujade, 2018:33) o, lo que acá llamamos umbrales.

Siguiendo esta lógica, nos parece indispensable apostar por una perspectiva que permita comprender el modo en que estas múltiples existencias se van ensamblando en contextos espacio-temporales precisos y qué rol ha jugado en estos procesos, al menos durante la modernidad occidental, la dinámica del capital. Así, nuestro abordaje supone el entendimiento de estos ensamblajes como “sistemas abiertos, fundados en interacciones, que rechazan únicamente la causalidad lineal […] donde los conceptos remiten a circunstancias y no ya a esencias” (Deleuze, 2014:53), desde donde es posible pensar lo que en otra parte hemos llamado una geografía nómade: un modo de hacer geografía que en lugar de reforzar la polaridad de los binarismos tradicionales de la disciplina (sociedad-naturaleza, urbano-rural, centro-periferia, desarrollo-subdesarrollo), se centre en sus interacciones y relaciones de fuerza para comprender los procesos de producción del espacio (Núñez et al., 2023c). Al respecto, nos parece relevante subrayar no solamente el vínculo existente entre este modelo jerarquizante e individualizante (privatizador inclusive siguiendo a Despret) y las diversas expresiones que tiene la crisis global en la actualidad (Svampa, 2019), sino precisamente en la importancia y urgencia de pensar políticamente solidaridades humanas-no humanas para afrontarla (Kropotkin, 2016; Morton, 2019; Viveiro de Castro, 2010; Cusicanqui, 2020).

Cuerpos privilegiados, cuerpos útiles: politización, imagen y plusvalía de la cuestión ambiental

Las relaciones humano-animal modernas definen territorios e imágenes que están en extremo mediadas por la posición identitaria jerárquica con que el humano ordena e interpreta los mundos que no son los suyos.5 Como han expresado Deleuze y Guattari, es costumbre que nuestras relaciones con los animales se den en general de modo “humano”, es decir, extrayendo animalidad para domesticar o adaptarlos a la visión de un mundo humano, “como un animal familiar, mi animalito” (2015:247). En este contexto, parece entonces evidente que en términos generales la agencia animal ha sido invisibilizada como potencia de afectar los entornos, compartidos con los humanos o no, que habita (Whatmore, 2002; Lorimer, 2009). No obstante, creemos que una observación más detallada es capaz de mostrar la incompletitud o arbitrariedad de dicho argumento.

Para nuestro caso de estudio en particular, es importante destacar que durante el siglo XX, en Aysén la vaca y particularmente la oveja modelaron de manera significativa las dinámicas socioterritoriales. En efecto, la economía articulada en torno a la explotación de su lana y su carne impulsó una serie de políticas públicas que tendieron a fomentar la transformación, mediante el uso del fuego, del paisaje boscoso en praderas pampeanas al estilo de la Patagonia oriental y más austral (Martinic, 2005). En este contexto, “limpiar” o “abrir” el campo fue la manera en que se designó a la práctica de quemar grandes extensiones de bosque nativo (considerado una “mala hierba” por los propios campesinos) para instalar y reproducir ahí la ganadería, en tanto actividad asociada con lo que entonces se consideraba el “progreso”. Tal como ha demostrado el historiador Alberto Harambour (2017), dicho proceso resulta, de hecho, indispensable para comprender la colonización y producción de soberanía tanto en Patagonia argentina como chilena. En efecto, según este autor, la oveja, animal devenido mercancía explotada por grandes compañías ganaderas, promoverá hacia fines del siglo XIX un proceso de fronterización que será impulsado antes por el capital (extranjero y en segundo término nacional), que por los respectivos estados nacionales. Es a la convergencia de intereses económicos y geopolíticos, así como de especies animales y de aquellas personas conocidas como “colonos” o “pioneros” para el caso de Aysén, a quienes les fue encargada la tarea de quema de bosques y ocupación del territorio que nosotros acá llamamos sujetos fronterizos; es decir, no a personas en particular, sino a aquellos ensamblajes espacio-temporales que se subjetivan o encarnan en ciertos individuos. Por su parte, aquellas subjetivaciones que hemos llamado ambientales serían la expresión de nuevas interacciones donde las especies humanas y no humanas son distribuidas y articuladas en función de renovadas dinámicas de poder ya sean económicas, políticas o culturales. Ante la obsolescencia de los antiguos cuerpos (fronterizos, vacas, ovejas), se necesitan nuevos cuerpos (ambientales, pumas, bosques) útiles e indispensables para las nuevas territorializaciones “verdes”.

En este nuevo marco, el puma emerge como una nueva potencia que prevalece sobre las demás especies animales y sobre actividades económicas hoy menos dinámicas, como la ganadería, concebida como un fetiche que oculta sus relaciones y condiciones de posibilidad y que anticipa el nuevo ciclo de plusvalía y acumulación. En el trabajo de campo, fue posible identificar una insistente tensión entre los “antiguos” colonos ganaderos, los pumas como depredadores, y algunas prácticas y políticas conservacionistas que, según los “pioneros”, les perjudican directamente, argumentando que se prioriza la vida del puma por sobre la de ellos.

Vale aclarar que, en este contexto, el puma se encuentra todavía, en un doble sentido, en estado “salvaje”. Por un lado, se halla lejos de expresar una relación simétrica entre humano y animal. En el fondo, constituye un elemento gestionado y comandado por la dinámica del capital (ahora devenido “verde”), dado que su imagen es indispensable en la producción y consolidación de una Patagonia representada como “fin de mundo” o “salvaje”,6 y por tanto subordinada a un interés y una perspectiva humana (ver Figura 1). Por otro lado, vinculado con lo anterior, si bien “lo salvaje” sigue siendo un valor opuesto a “lo civilizado”, en esta serie actual, lo salvaje es considerado un plusvalor en lugar de un aspecto que deba ser erradicado, como lo fue en el marco de las relaciones ganaderas vaca-humano del sujeto fronterizo, lo cual queda reflejado en el valor que tiene la operación de rewilding que se está llevando a cabo tanto en Patagonia como en otras zonas periféricas del planeta (Ramutsindela et al., 2020).7

Figura 1. Fotografía de revista Patagon Journal. Internet: dominio público.

Así, en sus distintos formatos, lo animal se mercantiliza primero como imagen, es decir, se inscribe en y desde las plataformas humanas, en sus intereses y valores de cambio, mientras que lo humano nunca deviene animal. En el fondo, vaca o puma son estabilidades identitarias cuyo valor está dado al interior de una bipolaridad moderna donde lo animal se asocia a lo salvaje y lo humano a lo racional. En otras palabras, lo que se reconoce como “humano” sería el resultado de una distribución que subordina a otros cuerpos que le son útiles a la posición de privilegio que se arroga para ordenar como “animal”, “irracional” o “salvaje”. No obstante, es importante insistir en que, en la práctica, tanto un cuerpo humano como uno no-humano (“hombre”, vaca, puma, huemul o glaciar) son parte constitutiva (junto con las dinámicas económicas, políticas y culturales de cada contexto) de lo que podemos reconocer como un sujeto fronterizo y/o como un sujeto ambiental. Bajo este panorama, el sujeto ambiental no es sino una expresión más, como lo fue el sujeto fronterizo en su momento, de las mismas relaciones instrumentales humanas-no humanas de lo que se conoce como Modernidad.

El capital como motor de la desterritorialización: deseo y mercantilización de la naturaleza

El factor del capital en los nuevos acoplamientos humanos-no humanos es central, y lo es particularmente porque actúa sobre dos ámbitos que se desenvuelven previos a la producción de bienes y servicios, donde tradicionalmente se ha visualizado la ganancia. Hay un “negocio” anterior que es vital para la sustentabilidad del capital: instalarse en la economía del deseo y la política de las imágenes, es decir, en los agenciamientos que el deseo produce. Así, lo que hace el capital es movilizar sus intereses a bienes y servicios que correspondan a lo que produjo previamente el deseo y las imágenes (Guattari, 2013; Guattari, 2021a). De este modo, la plusvalía se torna infinita en la medida que se territorializa en esos deseos y en esas imágenes que se desplazan continuamente para, en nuestro caso en la actualidad, “amar lo verde”, “salvar el planeta”, “cuidar el fin del mundo” o hacer de estas tierras una “reserva de vida”. Por lo mismo, la plusvalía no se extrae directamente del trabajo humano o del trabajo animal como dos ámbitos de valor separados, sino de sus pliegues: el entramado de actividades, valorizaciones y transacciones que caracterizan al sujeto fronterizo o al sujeto ambiental.

Esta es la razón por la cual al hacer geografía posthumana no se debe perder de vista la crítica al capital y, en particular, hacer visible su participación en los mecanismos de desterritorialización (vaca-campesino) y reterritorialización (puma-ambientalista) que forman parte del proceso de producción del espacio de Patagonia Aysén (Núñez et al., 2023a y 2023b). De hecho, al capital le basta con articular el tejido de los ensamblajes humanos-no humanos (sumarse al nuevo valor, sentido o jerarquía, etc.) para que, en una segunda secuencia, el deseo fluya a nivel individual o se instale de manera “natural” en las actitudes, discursos, percepciones, anhelos de las personas. Tal reordenamiento, por tanto, resignificará las figuras de ciertos animales en desmedro de otros para que ese movimiento interaccione con las nuevas codificaciones del deseo (deseo de lo verde o el deseo de ver al puma o de venir “al fin del mundo” o de amar al bosque “natural”) y de un nuevo cuerpo humano para así conformar al sujeto ambiental.

En este marco, estimamos que en tales procesos de desterritorialización y reterritorialización, el capitalismo es capaz de desplazar sus propios límites, incluso los límites del propio valor del capital: el límite constante del capitalismo no es otro que el propio capital en cuanto movimiento de la valorización del valor a través de la producción de plusvalía, dado que con lo que choca el capitalismo en cada momento de su desarrollo es con la esencia misma del capital, que consiste en aumentar la masa de plusvalía en términos absolutos. (Fujita, 2021)8

Allí está la ganancia, según Fujita. Por lo mismo, cuando hacia el final del siglo pasado, la crisis ambiental gatilló y movilizó para Patagonia nuevos horizontes de comprensión en la relación sociedad-naturaleza, y a pesar de una resistencia inicial, fue posible evidenciar que con una profundidad inusitada el capital abrazó rápidamente nuevas valorizaciones y sentidos culturales en torno a la protección de una naturaleza que devino negocio “verde” (Núñez et al., 2022). En efecto, durante la década de 1980 se llevaron a cabo dos importantes procesos que facilitarán el asentamiento del modelo de desarrollo posterior: por un lado, un proceso de regularización de la propiedad de la tierra en la región, que en los hechos se tradujo en una privatización masiva, y, por otro lado, la construcción de la Carretera Austral que no solamente facilitó la conectividad e integración de Aysén, sino también puso en valor sus paisajes y ecosistemas (Urrutia et al., 2022). De esta manera, en la década siguiente se comienza a evidenciar el arribo de cada vez más personas interesadas en conocer e invertir en la zona. Entre ellas, destaca por su magnitud y notoriedad el caso de Douglas Tompkins, empresario norteamericano que desde la década de 1990 comenzó a adquirir terrenos en la región con el propósito explícito de conservar la naturaleza. Lo significativo de su caso tiene que ver con que, en una primera instancia, sus operaciones causaron recelo en los grupos dirigentes y neoliberales por considerar que atentaban contra la soberanía nacional (por las grandes extensiones de tierra adquiridas y por situarse muchas de ellas colindantes con Argentina) y por considerarlas antieconómicas por cuanto se desmarcaban del modelo de desarrollo extractivista predominante. Sin embargo, en menos de una década tanto la clase política como los agentes del capital habían renovado su percepción. Ante la cada vez más insoslayable crisis climática, Patagonia-Aysén se perfilaba como una región excepcional para regenerar el capitalismo, precisamente ampliando sus propios límites. En efecto, si en gran parte del mundo la naturaleza se hacía cada vez más “escasa”, la abundancia y biodiversidad de Aysén impulsaron un nuevo ciclo de mercantilización de la naturaleza y acumulación de capital (Moore, 2020). De hecho, por ejemplo, el mismo bosque que durante gran parte del siglo XX parecía un obstáculo para el avance de los procesos de producción ganadera, en los últimos años deviene belleza, refugio ante la crisis climática y, fundamentalmente, nueva fuente de negocio que, en diversos aspectos, entra en conflicto con la presencia de las comunidades locales (Libuy, 2017).

En esa línea, una agente influyente de estos procesos nos comentó lo siguiente:

Desde el punto de vista de la conservación lo óptimo es que no entre nadie, porque es el fin [...] las personas tenemos que conectarnos con la naturaleza y para ello existe lo que en economía se llama “valor de existencia”, es decir, no todos tenemos que ir a Patagonia, lo relevante es su valor de existencia. (V.A., 2019)9

En esta nueva forma de vaciamiento excluyente (que automáticamente nos remite a las campañas de exploración y conquista de la maquinaria estatal sobre Patagonia del siglo XIX), el puma cumple una función política-económica sustancial: expresa la estetización y fetichización de un mundo salvaje con el que el sujeto ambiental adquiere consistencia. En realidad, como venimos insistiendo, lo que hemos denominado sujeto ambiental no son las personas o individuos, sino el agenciamiento o ensamblaje donde convergen contingentemente diversas agencias: animales, personas, bosque, agua y capital:

Cochrane era un pueblo muy ganadero y una vez que se creó el parque, o sea antes en la estancia había 5000 lanares y vacunos había por montones entonces lo que pasaba es que había un sobrepastoreo entonces nunca se controló eso, y cuando ya llegó el tema del parque aquí ya se restableció todo el orden, empezaron a llegar más pumas y de a poco empezaron a desaparecer el tema de los corderos, hoy en día cuesta mucho encontrar uno pa fin de año, o el valor subió mucho (S. H., mayo de 2022). 

Otro entrevistado mencionaría que “fue como el triunfo del puma sobre la vaca” (S.N., 2020). Así los cambios en la estructura productiva no pueden disociarse de unas transformaciones biopolíticas que suscitan tensiones entre lo que hemos venido denominando sujeto fronterizo y sujeto ambiental: “No sé na’, qué pobre pumita, es mejor cazarlo a que te mate 30 o 40 ovejas. [...] Pusieron un parque donde no debían, esta zona era ganadera. Que se los lleven a otra parte, pero no acá, que se los lleven pa’ un parque pa’ Santiago si quieren” (L.H., mayo de 2022).

La omnipresencia con la que opera la crisis climática y la hegemonía de una sustentabilidad despolitizada a ella asociada son parte del escenario global sobre el que los antiguos capitales que despreciaban lo “verde” encuentran ahora en ello nuevos fundamentos donde apoyar este renovado ciclo de acumulación (Swyngedouw, 2021; Núñez, 2021). En el caso de Patagonia-Aysén es factible observar que los impulsos del capital que acompañan los procesos de producción territorial previo (“limpiar” el bosque para instalar ovejas pierde sentido) y re-territorialización (eco-turismo, eco-corretaje, eco-parcelaciones, etc.) también responden a dinámicas fundamentalmente globales (Fairhead, Leach y Scoones, 2012). El negocio ambiental o eco-extractivismo en Patagonia-Aysén se posiciona de este modo como una de las actividades económicas más activas a pesar de lo que los conceptos de “conservación” o “preservación” parecen connotar una suerte de inmovilidad de los capitales (Núñez et al., 2019 y 2022). Como expresó un “inversionista verde” hace ya unos años de modo público en un reportaje que se tituló Patagonia Hot: “Es más difícil encontrar un empresario que no tenga tierras acá en Patagonia-Aysén que los que sí las tienen” (Revista Capital, 17/10/2014). Frente a las imágenes apocalípticas (crisis climática, aglomeraciones urbanas, etc.) se imponen nuevos imperativos: estar cerca de la naturaleza, cuidar al mundo o Patagonia como Reserva de Vida desde donde el capital captura plusvalía. Así, nos parece un asunto de fondo destacar e insistir en que el capitalismo en general y conservacionista chileno en particular se desplaza entonces desde estructuras de bienes y servicios hacia estructuras productivas de signo y subjetividad (Guattari, 2020).

De sujetos fronterizos a sujetos ambientales: una nueva configuración biopolítica para las especies en Patagonia chilena

El campesino-colono en la actualidad es una especie en extinción” (N.N., 2020, comunicación personal). La frase de este habitante local nos lleva a reflexionar en torno a una nueva configuración biopolítica que caracterizaría a las actuales relaciones de producción de Patagonia. En el fondo, revela las desigualdades que producen ciertas formas despolitizadas de sustentabilidad. “Hacer campos, destroncar, abrir el bosque, está prohibido… entonces, ¿qué hacemos nosotros?”, fue la expresión de otro campesino (C.R., 2022).

Esto nos permite ahondar en al menos dos ideas: primero, que el capital opera no solamente ejerciendo poder y extrayendo valor de los territorios, sino distribuyendo y organizando las distintas formas de vida, es decir, dando forma “a mundos diferentes, cortando el flujo de la vida silvestre y realizando ideas particulares de la vida que debe salvarse” (Lorimer, 2015:12). Segundo, y vinculado a lo anterior, que el capital no solamente es destructivo, sino fundamentalmente creativo. Sin duda, este último aspecto es algo mucho menos visible y, sin embargo, nos parece que es el que más impacto genera. Así, por ejemplo, potenciará la formación de nuevos territorios o relaciones entre distintos agentes que faciliten el flujo de nuevas plusvalías (“tierras prístinas”, “el edén”, “reserva de vida”, etc.). Desde nuestro punto de vista, resulta muy interesante constatar que su interés por la desterritorialización (acción indispensable para crear un nuevo territorio) se sustentará en la producción de nuevos axiomas que terminan siendo incuestionables, antes y hoy: progreso, civilización o patria para el caso del ensamblaje sujeto fronterizo, una de cuyas piezas es la oveja, y desarrollo, sustentabilidad y neutralidad de carbono para el acoplamiento sujeto ambiental, uno de cuyos componentes es el puma. Así, la oveja deviene pasado y el puma futuro. Por lo mismo, en la actualidad es posible observar con cierta facilidad la posición que hoy “disfruta” el puma frente al nuevo escenario, por cierto, una posición que trasciende ahora “la patria” o “la civilización” en tanto Patagonia-Aysén requiere, como ya subrayamos, representarse como “fin de mundo”, “área salvaje” o “reserva de vida” del planeta. De hecho, según la Estrategia de Desarrollo del Gobierno Regional, el eslogan “reserva de vida” ha sido adoptado institucionalmente debido a que “la calidad medioambiental de la región de Aysén constituye una ventaja competitiva que debe ser resguardada para sustentar la producción de bienes y servicios de todo tipo, pero en particular, de aquellos vinculados a sus atributos “naturales” (2009: 15).

En tal proyección, las prácticas ganaderas no solo quedan en los márgenes del proyecto territorial “verde”, sino que fundamentalmente subordinadas a la nueva biopolítica organizada en torno al puma. Porque, si bien el puma pasa a ser expresión del conservacionismo, no deja de ser una mercancía, un fetiche:

La biopolítica animal es al mismo tiempo un dispositivo de exclusión y eliminación de los animales que de alguna forma no sirven y así poder preservar a los que sí. No solo toma las vidas de los animales que desea explotar y extraerles todo, sino también la de todos aquellos que puedan interponerse en ese camino. En el proceso de crear el medio perfecto para su gobernabilidad, se elimina todo lo que pueda influir negativamente (lo cual muchas veces lleva a que termine habiendo una extinción de esos otros animales). (García, 2022:15)

Sujeto fronterizo o ambiental, por tanto, en este proceso de cambio de sistema de referencia (patria o sustentabilidad) compartirán, se mezclarán o se distinguirán en tanto humanos y animales son, en definitiva, producidos en los bordes de agenciamientos heterogéneos y contingentes afectados por fuerzas de distinta índole como la aspiración estatal de control territorial o la tendencia expansiva del capital. El puma, la oveja y lo humano no son, como hemos venido exponiendo, una constante o estabilidad, sino por el contrario, una hibridez de cuerpos, que se hizo muy evidente en nuestros distintos trabajos de campo. En general se posiciona al puma y al campesino-ganadero como dos polos opuestos, donde si uno avanza el otro retrocede. A ratos incluso parece vislumbrarse un sentido de competencia puma-humano. Una primera lectura indica que es por la defensa de su ganado, forma de sustento y fruto de su esfuerzo. Pero de manera sutil, aflora la preocupación de que un animal esté desafiando su posición humana “superior” e instalándolos en espacios del miedo. Una crisis ontológica donde chocan dos supuestos depredadores tope. Por parte de los ganaderos hay ciertamente rencor, pero en algunos casos también hay cierta fascinación en torno a la figura “animal”. Los encuentros con pumas fueron relatados con cierta exaltación. Un entrevistado podía haber elaborado grandes críticas sobre el animal (e incluso en una ocasión jactarse de amigos que cazaban y guardaban sus pieles, mostrando una fotografía), pero una apreciación era recurrente: el puma, o león (nombre recurrentemente utilizado por locales para referirse al puma), es un animal majestuoso. Se le describe como imponente, hermoso, solemne, maravilloso, gigante, musculoso.

Las personas que aún vivían en el campo, o que tenían familiares dedicados a la ganadería, en general, mostraron posturas más marcadas en contra del Parque Nacional Patagonia. Creado en 2018 en las cercanías de la localidad de Cochrane gracias a la unión de dos antiguas Reservas Nacionales (Lago Jeinimeni y Lago Cochrane) más las tierras pertenecientes a la antigua Hacienda Chacabuco donadas por la Fundación Tompkins Conservation (propiedad del difunto empresario conservacionista Douglas Tompkins y la también empresaria y esposa Kristine McDivitt), según algunas personas entrevistadas, esta área protegida sería la principal responsable del aumento sustancial del puma en el sector. Algunas indicaron que, al estar protegidos y tener más terrenos a disposición, la población de pumas ha crecido: “Se reproducen como quieren, tienen crías como quieren” (C.A., mayo de 2022), lo que genera que necesiten más comida. En esa línea, algunos entrevistados señalan que el deterioro y disminución de la actividad ganadera y de ejemplares ovinos (expresión clara del avance del sujeto ambiental sobre el fronterizo) impulsa a los pumas a “bajar hacia al pueblo” (N.L., mayo de 2022) en busca de alimento. Es curioso pensar que el equilibrio anterior se sostenía en una caza de ovejas solventada en la masiva cantidad de ganado ovino, cosa que algunos informantes afirman y otros niegan. Antes de la instalación de proyectos de conservación, el puma tampoco cazaba libremente en un ejercicio casi sacrificial por parte de los ganaderos. La pérdida de 5 ejemplares en ese entonces no era tan significativa como ahora, ya que, de un universo total de ganado de 100 o 1000 o más cabezas ovinas, se ha pasado, en la actualidad, a 20-50 ovejas por ganadero. Pero de igual manera era una pérdida y una amenaza para el “pionero”. La diferencia es que la caza y exterminio del puma era naturalizada, no solo in situ, sino también su persecución. Un gran contraste con la actualidad: 304.527,75 hectáreas de parque protegido y la ganadería, prácticamente suprimida. 

Los pobladores reclaman en la actualidad la inexistencia de un control efectivo por parte de las autoridades encargadas del Parque, algunos haciendo referencia con “control” a dar muerte a varios ejemplares, otros no precisando la forma. A algunos les conflictuaba la pregunta y en un par de casos hablaban de relocalizarlos en otros lugares del país. La crítica más polarizada provenía de algunas familias ganaderas que señalaban la supuesta inutilidad del animal. Así:

Pa’qué sirve, no sirven de nada ni los leones ni los zorros ni ninguno de esos bichos [carnívoros], puro hacen daño, ¿para qué sirven? Deberían eliminarlos a todos, matar a todos los zorros y los pumas. [Burlándose] Si los tienen con collar, los tienen como mascota esos les encantan esos bichos les ponen chip uno por eso no los mata porque después te metes en más problemas no más. (C.A., mayo de 2022)

Nuevamente aparece aquí la relación antropocéntrica e instrumental con la naturaleza: ella sirve e interesa siempre y cuando sea útil para ciertas prácticas humanas (al punto de satirizar a los conservacionistas con pumas como mascota por ser considerados “inútiles”). De quienes poseían posturas similares, mostraban rechazo a la preferencia del puma por parte de los agentes conservacionistas, puntualmente personajes como Douglas Tompkins. Se desprende de varios testimonios la posibilidad de que el recelo hacia el animal esté provocado, a su vez, por mostrarse aparentemente más importante o valioso para los grupos conservacionistas que ellos (“nosotros somos humanos, el puma es solo un animal”) (C.A., mayo de 2022). Asoma así una tensión o antagonismo de clase que resulta importante para comprender el proceso contemporáneo de producción capitalista del espacio de esta región. De hecho, uno de los principios centrales de la Deep Ecology, filosofía propiciada por Tompkins y su proyecto conservacionista, es que el mundo posee demasiada población, lo que de algún modo se asocia a esa mirada neomalthusiana ya expuesta sobre que “la Patagonia no es para todos”. El puma, a los ojos de algunos grupos de poder, colabora a codificar todo un proceso dictaminado en contraposición a las prácticas y modos de habitar del arriero, del campesino “pionero”.

Un elemento paradójico, y a su vez de fondo para nosotros, es que al campesino se le convenció de una humanidad –la fronteriza– cuya licencia, en la práctica, venció. Se debe resaltar que, en gran medida, el despliegue de los grandes proyectos de conservación y su nueva biopolítica asociada son impulsados por la misma plataforma de deseo (acumulación de capital) que un siglo antes les había consignado la tarea de producir una región ganadera. Lo anterior nos parece esencial: el deseo circula precisamente, como expone Deleuze, “en la disposición de los heterogéneos”, esto es, en y desde los agenciamientos, solo allí se expresa. La crisis ambiental crea condiciones para que el deseo disponga de nuevos campos sociales. Una vez que el deseo gatilla nuevas disposiciones en el socius, es posible ver diversas estrategias de poder desencadenándose y, particularmente, al capital que ve en esa desterritorialización una nueva posibilidad de plusvalía y, por tanto, su tarea será codificar y axiomatizar los flujos del deseo.10 Entonces, podemos observar que hay de facto una coalición entre puma/ganadero, porque las relaciones de poder, sus estrategias, no escatiman en traspasos pseudovirtuosos de un territorio a otro, la ruptura es la que le permite ocupar las grietas con la ponzoña de su máquina territorial. Los habitantes de Cochrane parecen experimentar inseguridad ante la reaparición del puma, bajo su perspectiva, en incontrolada expansión:

Es muy lindo el Parque Patagonia, es bonito. Es algo que yo no había visto nunca, a lo mejor se saca poco provecho con la comunidad aquí. Claro, es un parque, pero el parque tiene que tener un control de los animales que tiene. [Refiriéndose al puma] No llegar a dejar en libre demanda, que nazcan, que crezcan y se masifiquen como quieran. Yo acepto que haya toda esa cosa, pero regulado. (C.M., mayo de 2022)

Las especies herbívoras no generan los mismos sentimientos de rechazo. Al ahondar en los animales que despiertan mayor afinidad o afecto en ellos, muchos señalaron al huemul. Nos resulta muy significativo que sea el huemul, especie que no pone en entredicho las prácticas (re)productivas de las familias campesinas, el que movilice las interacciones entre nociones patriotas de pertenencia: “es el que nos representa” (F.P., mayo de 2022), “está en nuestro escudo nacional” (M.A., mayo de 2022), y otros discursos conservacionistas, esto es, importancia de la fauna nativa, lo especial de ver un animal en peligro de extinción. Incluso un poblador-arriero, que se dedica a cuidar animales y proviene de una familia gaucha argentino-chilena, menciona sobre las iniciativas de conservación “Porque la verdad que el humano ha ido exterminando todo. Entonces igual es triste que para un futuro no haya animales naturales, que uno puede apreciar ahora, que te mencionaba antes, el puma, el guanaco, el huemul...” (M.G., mayo de 2022).

El quiebre de la tradición y la imposición rápida y fugaz de nuevas formas de relacionarse con lo animal en Cochrane y en Patagonia suele generar procesos de mutabilidad como el recién mencionado. ¿El sujeto fronterizo entra en una metamorfosis inevitable hacia el sujeto ambiental? Estos cambios aparentemente ineludibles se ven como un proceso tan “natural” como artificial o forzado: el pueblo crece, sus servicios, la calidad de vida “mejora”, pero, al mismo tiempo, el pueblo no es el mismo, las tradiciones cambian, la calidad de vida “disminuye”. Mayor respeto a la biodiversidad y la sustentabilidad, según algunos. Menor valor por otros sujetos humanos (los campesinos) o por ciertos animales (vaca-oveja), según otros. De esta manera, el sujeto fronterizo va dando cuenta de la naturaleza de todo agenciamiento, esto es, tan histórico y contingente y así, lentamente, se va desanclando de las prácticas materiales para pasar a ser más bien una imagen del pasado frente a un presente y futuro que es “verde”.

Así, por ejemplo, se nos dijo en una de las entrevistas:

Hay dos tipos de patagones: hay patagones que están muy contentos con el parque por el tema de la conservación y otros que lo rechazan totalmente por el tema que afectó a la ganadería. Antiguamente Cochrane era un pueblo muy ganadero y una vez que se creó el parque, o sea antes en la estancia había 5000 lanares y vacunos había por montones entonces lo que pasaba es que había un sobrepastoreo entonces nunca se controló eso, y cuando ya llegó el tema del parque aquí ya se restableció todo el orden, empezaron a llegar más pumas y de a poco empezaron a desaparecer el tema de los corderos, hoy en día cuesta mucho encontrar uno pa’fin de año, o el valor subió mucho. Y ese tipo de patagones son los que no están de acuerdo con el tema que haya parque. Hay como dos partes que están divididas entre la gente. (S. H., mayo de 2022)

A ojos de los habitantes, el proceso es complejo y contradictorio en buena parte porque se desdibujan, es decir, pierden un cuerpo y va fijándose otro. Tal metamorfosis hace que se vayan perdiendo y, a su vez, ganando cosas. Lo único claro en estos encuentros y desencuentros entre lo que hemos llamado sujeto fronterizo y sujeto ambiental es que no han existido por separado las celdas de humanidad y animalidad, sino tan solo como umbrales, bordes y zonas de contacto dentro de agenciamientos codificados por el capital.

Reflexiones finales

La transformación en la configuración biopolítica de lo que podríamos llamar geografía posthumana de Patagonia-Aysén, particularmente de la localidad de Cochrane, deriva de un potente proceso de desterritorialización en espacios “periféricos” bajo los influjos de las dinámicas globales del capital: antes, bosques considerados inútiles pasan a convertirse en una lucrativa “reserva de vida” que debe ser conservada en un mundo signado por la crisis climática. Esta movilidad de valores y sentidos es, desde nuestro punto de vista, uno de los aspectos de fondo si pensamos en la conformación de lo que acá hemos llamado sujeto fronterizo y sujeto ambiental. Desde nuestra perspectiva, lo que tradicionalmente conocemos como “sujetos” no son sino ensamblajes, es decir, no hay un sujeto fronterizo independiente de los “pioneros” y sus prácticas, la oveja o de axiomas como “patria”, así como no hay sujeto ambiental independiente del “eco-colono”, el puma o de axiomas actuales del capital como la sustentabilidad. En ello, el capital es vital y creativo (no solo destructivo), porque cuando se produce una fuga o desterritorialización (la desvalorización y pérdida de sentido de lo ganadero y las ovejas) los límites del capital se desplazan para ampliar su propio valor.

Con la crisis ambiental, nuevos agenciamientos se tornan visibles y ha sido sobre ellos que ha actuado el capital en su afán por capturar identitariamente la desterritorialización y producir, por tanto, el proceso de reterritorialización que permita nuevos ciclos de acumulación y plusvalía. En este nuevo ensamblaje comienzan a visibilizarse algunas de sus diversas piezas constitutivas: el puma, el bosque, pero también un capital sustentable que colabora en “salvar al planeta” y que encarna el sujeto ambiental. Como antes, la jerarquización que la existencia humana hace de las otras especies provocará que previo a observar cómo operan y se componen los agenciamientos, veamos una imagen “naturalizada” del territorio producido: el puma es ahora “el animal” del nuevo territorio, la sustentabilidad es el nuevo paradigma de desarrollo.

En el fondo, ¿no es lo “verde” o la “naturaleza” en Patagonia-Aysén un excedente vital del proceso de acumulación a partir del cual el capital amplía sus propios límites y, desde allí, su plusvalía? Nuestra propuesta pretende abordar esta interrogante como una tarea política necesaria en el contexto contemporáneo, poniendo énfasis en dos aspectos fundamentales. Por un lado, en la necesidad de descentrar la figura humana para una comprensión no antropocentrada y menos jerárquica del mundo dando valor a su multiplicidad de existencias y, por otro lado, la identificación del rol que juega la dinámica del capital en la configuración biopolítica de nuestros entornos, así como los cuerpos políticos que habitamos. En este sentido, ha sido nuestro propósito nutrir la visión posthumanista con el desarrollo de perspectivas que potencien no solamente la posibilidad de pensar solidaridades más allá de lo humano, sino también, más allá del capital.

Agradecimientos

Los autores agradecen a ANID-Fondecyt (Chile) que a través del proyecto Nº 1210944 hizo posible la investigación y trabajo de campo que sustenta esta propuesta.

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Andrés Núñez González / andresnunezg@gmail.com

Doctor en Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile y posdoctorado en Geografía en la misma casa de estudios. Sus intereses se movilizan en torno a la teoría cultural, geografía crítica y fundamentalmente a las geografías posthumanas. En la actualidad trabaja en torno al concepto de Geografías Nómades a partir de la obra de Deleuze y Guattari. Fue pescador y alguero en el litoral de Patagonia. 

Santiago Urrutia Reveco / surrutiareveco@gmail.com

Licenciado y Magíster en Historia por la Universidad de Chile. Diplomado en Estética y Filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Doctor en Geografía por la Universidad de Buenos Aires. Miembro del Instituto de Geografía “Romualdo Ardissone” de la Universidad de Buenos Aires y del Grupo de Estudio Cultura, Naturaleza y Territorio con sede en el mismo instituto. Sus líneas de investigación son la historia social del espacio, el estudio de las movilidades y la infraestructura.

Matthew C. Benwell / matthew.benwell@newcastle.ac.uk

Geógrafo político de la Universidad de Newcastle (Reino Unido). Su investigación contribuye a los debates en la geopolítica feminista/cotidiana, centrándose específicamente en las perspectivas y experiencias de niños, jóvenes y familias y ha abordado los conceptos de memoria intergeneracional (de, por ejemplo, la Guerra de las Malvinas/Falklands), la altergeopolítica y el nacionalismo cotidiano. Su especialidad regional se centra en el Cono Sur que abarca Argentina y Chile (la Patagonia), el Atlántico sur y la Antártida.


1 El signo “” en lugar de “/” permite expresar y englobar la idea de umbrales en lugar de límites entre humano y animal no humano.

2 Para ejemplificar este tipo de prácticas donde se cruzan los discursos de la sustentabilidad con actividades lucrativas en Aysén, resulta ilustrativo citar las palabras del empresario norteamericano Warren Adams, fundador de Patagonia Sur (compañía que impulsa en la región lo que en sus propias palabras llama un “conservacionismo rentable”) cuando en 2012 aseguraba que lo suyo no es el activismo ecológico, sino los negocios: “compramos tierra para protegerla, pero generamos utilidades” (“Warren Adams de Patagonia Sur”, 2012), en un contexto en el que, según la página web de la empresa, “la plusvalía de las tierras [en Patagonia] está creciendo a ritmos vertiginosos”.

3 Las entrevistas serán citadas en el texto con iniciales ficticias y su fecha de realización respectiva.

4 En otras palabras, un “sujeto” es un mundo que no diferencia sujeto de objeto, sino que aparece como cualidad expresiva, experiencia compartida o potencia para decirlo en términos de Spinoza. El sujeto sería la red de líneas que componen una subjetivación, no un humano en sí mismo ni una cosa o animal en sí misma.

5 Es muy interesante el planteo que hace Lapoujade (2016) respecto de la ley y la pregunta ¿Con qué derecho? Así: “¿Quid juris? ¿Con qué derecho Edipo puede ser afirmado como universal? ¿De dónde extrae su legitimidad esta supuesta universalidad? Y es importante, porque la pregunta es clave para comprender la relación humana-no humana y, por cierto, la producción que hace el capitalismo desde la legitimación de su máquina axiomática”.

6 Por ejemplo, Lonely Planet: “Patagonia’s national parks feel like the edge of the world”. https://www.lonelyplanet.com/articles/best-national-parks-patagonia

7 Solo un ejemplo (hay varios) que refleja muy bien la plusvalía que significa la valorización verde como valor del capital: con fecha 17/8/2023, la empresa Explora ofrece en el Valle Chacabuco, es decir, en nuestra zona de estudio, un alojamiento en suite de 37m2 por tres noches (viernes a lunes, octubre 2023) por un valor de USD 7500. Así, “el retorno a lo salvaje” se transforma en un lucrativo negocio. En este contexto, el puma se transforma en un factor relevante en la cadena de producción de valor, tanto como valor de sentido como de plusvalía económica.

8 Contrariamente a lo que se piensa, el capital es el que capta la desterritorialización, es allí donde se da una renovada plusvalía, pero la función de resguardar la nueva estabilidad identitaria o nuevo territorio recae en el Estado a través de su aparato legal y del uso de la fuerza.

9 Las jerarquías y la solidificación de nuevas identidades territoriales para Patagonia implican, como en el siglo XIX, no solo vaciar nuevamente a Patagonia sino también retomar su valor de “salvaje”, pero ahora en positivo. En esa proyección valórica la figura del puma es clave, porque precisamente simboliza la amplitud y el desplazamiento de lo salvaje. La vaca, por el contrario, se tranforma en lo dominado, lo tranquilo y el puma lo agitado, lo dinámico.

10 En la actualidad, los axiomas neutralidad carbono y sustentabilidad son sólidos entre la movilidad de los capitales de modo que termina por producir la imagen desde donde se visibilizan como tales, es decir, como sustentables y, en paralelo, desde donde se invisibiliza la política de sus negocios. Un ejemplo elocuente: en 2021 la empresa más rentable del mundo fue una petrolera de Arabia Saudí y fue allí donde convergieron la gran mayoría de los capitales globales.